Y siguen el frío, el viento, el mal tiempo. En la anterior publicación os contaba de los lamentos de la mar. Pero no esperaba que su desesperación fuese tanta, como para destrozar todo cuanto se encontrara por delante. En Luanco fue un auténtico desastre. Bares, cafeterías, restaurantes, casas particulares, mobiliario urbano, paseos... Una pena, sinceramente. Y así una noche y otra. Cuentan los marineros de la zona que nunca vieron nada igual. Menos mal que no hubo daños humanos, pero se me caían las lágrimas al ver la impotencia de las buenas gentes ante los desperfectos. Y eran las fiestas del Santo Cristo del Socorro... Mucho ánimo a todos.
La receta de hoy es de una compañera de los cursos de repostería, Angélica. Las preparó para merendar una tarde de clase y nos gustaron mucho. Tiene una casería y las hizo con nata de leche fresca, yo, sin embargo, utilizo nata de repostería. El resultado no es el mismo, pero están bien ricas. Otra de las compañeras, Elvira, me pidió la receta hace unos días y decidí hacer una pocas. Son muy fáciles. Espero que os gusten. Y quisiera decirle a Angélica que disfrute de su jubilación y que, no lo dude, que se echará de menos su presencia, por esa alegría y simpatía que le caracteriza. Te mando besos, amiga.
| Éstas son las que llevó al curso. |
Os dejo un poema de A. G. Ovies, recogido en TOCATA Y FUGA, Alvízoras llibros,Oviedo 2004
¡QUÉ SERÍA DEL DOLOR
si un hombre no llorase.
Existiría el adiós
y sus coches en marcha.
Tendría noches la luna
tan llenamente hermosas.
Tendría estrellas la noche,
a veces, tan humanas.
Elevarían los fados
sus grúas melancólicas.
Sonrojarían las rosas
su estar presente
apenas.
Merecerían los trigales los molinos
de viento
que Colinas realza.
Qué cantidad de negación
para omitir la ausencia-
Podría haberse marchado
Jacques Brel con su guitarra;
y yo esculpir en mí: sin ti no importa nada?












